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Carlos Alberto Salazar Belevan

Resolución de Alcaldía Nº 058-2014-MPF/A

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Carlos Alberto Salazar Belevan

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Patrona de Ferreñafe

Es la Santa Patrona de la Ciudad de Ferreñafe, cuyo día central se celebra el 13 de diciembre. La Virgen y mártir Santa Lucía, abogada contra el mal de ojos, es nacida en Siracusa (Sicilia) Italia, y martirizada en su propio pueblo el 13 de diciembre, como lo indica el martirologio romano aunque no consta con exactitud el año, según unos en el 298 y otros entre el 303, 304 ó 305. En 1593, cuando el Arzobispo Toribio Alfonso de Mogrovejo visita Ferreñafe, ya existía una cofradía de Santa Lucía. La referencia más antigua que se ha hallado sobre la fiesta patronal de Santa Lucía es del año 1668. La cofradía en mención se encargaba de celebrarla el 13 de diciembre, de cada año. En la Iglesia de Santa Lucía de Ferreñafe se guarda la reliquia de Santa Lucía que es un pequeño fragmento, posiblemente de una de sus falanges, colocado en un relicario de filigrana de plata, cubierto con una cajita de madera forrada en badano colorado, con su auténtico jubileo. 

 

Biografía de Santa Lucía

Santa Lucía nació en la ciudad de Siracusa que es una Isla al Sur de Italia, pertenecía a una familia muy rica y cristiana, su padre murió muy joven cuando ella era muy pequeña. Su madre se llamó Eutiquia, era cristiana y en esa fe educó y formó a su hija que crecía siendo admirada por muchos jóvenes dada su belleza y en especial la de sus ojos.

 Eutiquia contó a su pequeña la vida de santos que por amor Jesucristo vivían en Santa Virginidad y se dedicaban a vivir en oración y la vida de caridad para con su prójimo. La pequeña Lucía oía con atención y en su interior iba madurando su decisión, hasta que un día se puso a los pies de un crucifijo y oró así: “Señor Mío Jesucristo: Yo sé muy bien que mi madre está tramando mi matrimonio con un joven rico, pero yo no quiero casarme con hombre alguno que ha de morir, yo quiero desposarme contigo, Señor: ¿Me aceptas como esposa tuya?” A Lucía le parecía oír un sí rotundo que brotó de los labios del maestro. Por su parte, su madre interesada como todas las madres por conseguir un buen partido para su hija, trató de desposarla con un joven pagano y así lo manifestó a su hija. Lucía calló y de momento no descubrió a nadie el secreto de aquella consagración que había hecho de su persona y su amor a Jesucristo, era un idilio entre los dos. Ella decía como el profeta: "Mi secreto es para mí".

La enfermedad de su Madre

Su madre iba preparando los caminos para la boda. Lucía callada esperaba que fuera el mismo Dios quien la ayudase en aquella encrucijada, se había fiado a Dios y estaba segura que el Señor no le fallaría Lucía continuaba rezando y meditando las maravillas del Señor. Cada día leía y meditaba la Palabra de Dios y ofrecía al Señor cuantos sacrificios y privaciones le eran posible. Todo iba encaminado a obtener del Señor la Gracia de que aquellos propósitos de su madre no siguieran adelante. Sin saber cómo ni porque apareció una rara enfermedad a su madre Eutiquia. Esto sirvió para que se paralizacen todos los preparativos de la boda y para que su madre se preocupara sólo de conseguir la salud que tenía quebrantada. Lucía, que era limpia y transparente no podía pensar que aquello era la prueba de parte del Señor que ella esperaba. Nuestra jovencita atendía con mimos a su madre y no la dejaba ni de noche ni de día. Los médicos ponían toda su ciencia para curar a la enferma pero no daban con la razón del mal y la enfermedad aumentaba de día en día. Llegó a oídos de Lucía que en Catania, que estaba tan sólo a tres leguas de Siracusa, se veneraba el cuerpo de otra ilustre Siciliana, la mártir Santa Águeda que había recibido el martirio bajo el emperador Decio. Corría la voz de que obraba muchos prodigios en el cuerpo y en el espíritu a cuantos acudían a su sepulcro. Lucía habló a su madre de ir allá para obtener la curación y ella accedió gustosa.

La Visita a Santa Águeda

Madre e hija, Eutiquia y Lucía se ponen en camino y se trasladan a postrarse ante el sepulcro de la Mártir Santa Águeda que estaba en la ciudad de Catania. Preguntaban por la Iglesia donde se venera sus reliquias y allí se dirigen como pueden. Se postran ante su milagroso sepulcro. Mientras allí un Sacerdote lee este evangelio: Pasaba un día Jesús… cuando una mujer que hace diez años padecía la enfermedad de flujos de sangre, dijo para sus adentros ... Si yo pudiera tocar el manto del maestro estoy segura que quedaría curada ... Al pasar Jesús se agolpaba la gente... Pero Jesús se volvió y dijo; ¿Quien me ha tocado? … De mí ha salido una fuerza especial... Y aquella mujer quedó inmediatamente curada ... Lucía vio en esto un regalo más del Señor providente y como una señal cierta del milagro doble que iba a obrarse en su buena madre... Quedó profundamente ensimismada en oración y como cuenta el oficio litúrgico de la Santa, se le apareció Santa Águeda y le dijo: “Lucía, queridísima hermana, Porque pides intercesión de otra lo que tú misma, por la fe que tienes en Jesucristo, puedes obtener para tu madre. Has de saber que tu fe ha alcanzado la salud y así como Jesucristo ha hecho célebre a la ciudad de Catania por consideración a mí, de la misma manera hará celebre y gloriosa a la ciudad de Siracusa por causa tuya, porque le has preparado una memorable morada en tu corazón virginal”. Al oír estas palabras Lucía volvió en sí de su ensimismamiento... EI milagro de la curación ya estaba hecho.

La gracia es doble

Lucía amaba a su madre con toda su alma como buena hija y sufría por verla enferma y sin remedio en su curación. De momento lo que interesaba era la curación del cuerpo, pero no había la duda que también intentaba, y esta sobre todo, la curación de su alma, ya que por los intereses materiales parecía que su madre está dispuesta a transeguir en la boda con el joven pagano. Lucía que tanto tiempo había guardado silencio de su voto y promesa a Jesucristo, al oír las palabras de Santa Águeda allí mismo manifestó todo a su buena madre: su voto de virginidad, y las palabras que acababa de oír de labios de la mártir Santa Águeda. Su madre quedó profundamente impresionada y la abrazó profunda mente contra su corazón con lágrimas en los ojos mientras le decía: “Hija mía, perdóname. He sido una malvada. Ahora que por tu virtud he conseguido la salvación de mi alma porque la estaba llevando por caminos que no son lo que el Señor Jesús esperaba de mí... " Su buena madre Eutiquia, como fuera de sí y tocada por la gracia del Señor, continúo diciendo a su hija: “Mira Lucía querida, ahora comprendo cual es la verdadera riqueza y cómo yo estaba tan engañada. Ahora mismo prometo al Señor entregar a los pobres todo cuanto tenemos en Siracusa y así estaremos más dispuestas a seguir al Señor de la manera y forma que el nos quiera manifestar".

La acusa de su prometido

Al volver a Siracusa, la madre, totalmente curada, y la hija radiante de alegría, la noticia corrió de boca en boca por toda la ciudad. Pero aun más corrió la noticia cuando todos se enteraron de la acción de la madre e hija al entregar todo cuanto tenían a los pobres más necesitados. El joven pagano a quien había prometido su hija la noble Eutiquia salió de cólera y prometió solemnemente vengarse de aquella patraña que el de ninguna forma podía comprender. Le faltó tiempo para acusar a la madre e hija ante el prefecto que se llamaba Pascasio y empezó el interrogatorio: Te acusan, noble Lucía, de que eres seguidora de la doctrina cristiana. Yo te mando en nombre del emperador nuestro Señor que jures que esto que dicen es falso. No señor, juro ante Dios que nos ve, que soy cristiana y que me siento muy contenta de serlo, y a cuyo honor no pienso renunciar por más que usted y los suyos os empeñeis. Más aún me he consagrado a Jesucristo; y por nada del mundo renunciaré. ¿Sabes tú a los que te expones? Piénsalo bien pues mi indignación por cuanto acabas de decir no tendrá límites hasta que vea satisfechos mis deseos. Haced lo que quieras, señor, pero ya sabéis que estáis perdiendo el tiempo si esperáis que me habéis de hacer cambiar de mi decisión. Lo he meditado ante el Señor y por nada del mundo pienso cambiar.

Soy templo vivo de Dios

Encarcelaron a la joven Lucía en compañía de su madre esperando que cambiaran de pensar y podría su pretendiente salir con la suya, de tomarla en matrimonio. Pero se equivocaban. No sabían con quien se las estaban jugando, la suerte ya estaba echada. Unos días después vuelven a llevar a Lucía ante el Prefecto Pascasio y este le pregunta malhumorado “Supongo, Lucía, que habrás cambiado de pensar ¿no?” No Señor prefecto. Estoy mucho más resuelta que antes de sufrir cuantos tormentos queráis dejar caer sobre mi débil cuerpo antes de dar un paso atrás a mis propósitos. Toda esta retorica se acabara cuando de las palabras pasemos a los hechos, noble Lucía. " No, os equivocáis i, No sabéis que el mismo Jesucristo nuestro salvador nos dijo que no nos preocupáramos de las palabras que debíamos decir cuando nos llevasen ante los tribunales como yo estoy ahora? ... pues es el Espíritu Santo nos daría las palabras y fortaleza para obrar por nosotros... " ¿Crees pues que el Espíritu Santo esta en ti y que es él quien inspira cuanto estás diciendo? Si, ciertamente, fue el mismo Apóstol San Pablo, que también murió por Jesucristo, quien nos revelo esta gran verdad que somos “Templos Vivos del Espiritu Santo” si es que vivimos casta y piadosamente... Pues yo hare que te lleven a donde nada podrá ayudarte ese Espíritu Santo “Si mandas que por fuerza sea profanado mi cuerpo, aun mas solemnemente brillara mi virginidad porque mi voluntad será siempre defenderla hasta la muerte". El prefecto vio que estaba perdiendo el tiempo ante aquella Virgen tan valerosa.

La cubren con pez y Resina

La cólera del prefecto Pascasio llegaba a su culmen ya que por vez primera en toda su vida había dado con alguien que contrariara sus deseos. Aquella jovencita era mucho más fuerte y valiente que el soldado más aguerrido que jamás había visto. Pero como casi siempre suele suceder en estos casos, el pecado es tan hondo y la soberbia tan grande que por más milagros y prodigios que se vean no se da el brazo a torcer, es decir, se sigue en la maldad. Intentaron llevar a Lucía a un lugar de prostitución y allí por la fuerza, mancillar su virginidad, pero no pudieron conseguir o por más veces que lo intentaron; parecía que estaba clavada en el suelo pues ni los hombres más forzudos pudieron moverla. Era el Espíritu Santo quien salía en defensa de aquella alma pura que se había consagrado a Jesucristo con todas sus fuerzas. Si Pascasio y el joven prometido no hubieran sido presas de Satanás no hay duda que ante tanto prodigio obrados por el espíritu Santo que moraba en el alma de Lucía hubieran doblegado su soberbia y postrados en tierra le hubieran pedido perdón y se hubieran convertido a la fe que profesaba Lucía. Al ver Pascasio que de ninguna forma podía salir con la suya cambió de táctica, mando que la embadurnasen de pez y resina todo su cuerpo y que arrojasen a una hoguera ardiendo. Milagro de Dios! Las llamas rodeaban aquel cuerpecito sin tocarle ni un cabello de su cabeza.

Segado su cuello por un hacha

Las ansias de Lucía de derramar su sangre generosamente por Cristo se iban alargando demasiado. Ella ansiaba unir su sangre a la que Jesucristo inocente había derramado para redimirnos a todos los hombres. Hasta ahora el Espíritu Santo le había liberado generosa y milagrosamente de todos los tormentos. Ahora era ella misma quien suplicaba que llegara ya para ella su hora, la de demostrar ante los demás que estaba dispuesta a morir de veras por su amado Jesús. Los presentes se dividieron en dos bandos: Los había que como Pascasio aun enfurecían más al verlos prodigios que Dios obraba a favor de su fiel servidora. Ellos querían que aquello acabase de forma algo macabra... pero habían oído decir valientemente a Lucía: “He pedido al Señor que me liberase de estas llamas para que veáis el poder de la oración... y de que es capaz el Dios de los Cristianos a quien vosotros no conocéis... y el Señor me lo ha concedido" Había otro grupo de personas que parece que la gracia iba rondando en sus corazones y empezaban a pensar en su interior ¿No será esta la religión que dice profesar esa valiente joven Lucía, la fe verdadera? Por fin era la llegada de la hora ansiada por Lucía y ella misma fue quien se lo anuncio a Pascasio. Este mandó que con una gran hacha cortasen la garganta de Lucía y de un golpe cayó exánime dividido aquel bendito cuerpo en dos partes. Algunos de los presentes recibieron la semilla de su fe cristiana en aquel mismo instante.

La Patrona de la vista

Dos ojos para toda la vida. Este era el slogan que hace unos años se difundió por todos los centros de educación para despertar entre los colegiales el cuidado de los ojos que son para toda la vida un instrumento de primer orden para podemos valer por nosotros mismos. Lucía significa: Luminosa, lucero, es decir algo relacionado con la luz y con la visión. Quizá pensando en su nombre y porque algún biógrafo parece que la pinto como que uno de los tormentos a que fue sometida fue el intento de quitarle los ojos fue la causa por la cual la tradición Cristiana la ha nombrado especial abogada y poderosa intercesora para el cuidado de los ojos, de la vista general. Los artistas la han pintado llevando en una bandeja sus propios ojos. Por este motivo y por la luminosidad de su nombre, parece que vino esta tradición hoy generalizada en toda la iglesia. El día 13 de diciembre, que se celebra su fiesta, muchos grupos y asociaciones le ofrecen homenajes y piden por la gracia de la salud en la vista. Y no solo invidentes físicos si no también invidentes espirituales la tienen por su patrona y acuden a ella con confianza de que el Señor, por su medio, les concederá la luz, la fe, la gracia, el que vean con los ojos del alma la misericordia del Señor. Hoy, por desgracia, aunque hay muchos tuertos y ciegos, no hay duda de que son más los ciegos de espíritu. Que a todos vuelva la vista el Señor por medio de Santa Lucía.